El guerrillero que se forjó en México
José Vilchis Guerrero
* Habla a Forum el biógrafo más prolijo y documentado * Tiene ocho libros publicados * Che para principiantes, el más reciente * Mariano Rodríguez Herrera ha dedicado 40 años a investigar al icono de varias generaciones de luchadores sociales
Mariano Rodríguez Herrera, un historiador que se convirtió en el biógrafo más autorizado de Ernesto Guevara de la Serna, el legendario Che, icono de la Revolución cubana, se apasiona cuando habla de su personaje preferido y no se da reposo en indagar los detalles de las circunstancias que rodearon a la figura revolucionaria, en quien se han inspirado jóvenes a lo largo de cuatro décadas y se han comprometido con movimientos y grupos que pugnan por el cambio social.
El escritor cubano nacido en Camagüey en 1936, es el autor más prolijo sobre la vida y la obra del revolucionario argentino, emblema latinoamericano que a la fecha es una figura monumental, habla con profusión y sin tregua del niño que jugaba a hacer la revolución, el adolescente enamorado y culto; el brillante y documentado estudiante de medicina; el que defendió sus ideales –los mismos de la clases obrera y del campesinado de América Latina– y puso al servicio de la revolución su talento y se entregó de tiempo completo a sus propósitos de liberación de América, desde Argentina, Guatemala, México, Cuba y Bolivia, donde la Agencia Central de Inteligencia (CIA) de Estados Unidos lo ejecutó en un operativo militar.
De esto se trata Che para principiantes, su octavo libro sobre el guerrillero latinoamericano (desde la infancia, juventud, su travesía a Guatemala, México, la Sierra Maestra y el triunfo de la Revolución cubana. Empieza el libro, dice, con el romance del Che y Chichina Ferreira y concluye con una historia de amor, entre el revolucionario y Aleida March Torres) y comenta, en entrevista con Forum, que desde hace 40 años se ha dedicado a escribir sobre Guevara, es decir, desde su muerte. “He dedicado mi vida a escribir sobre el Che“, confiesa.
Al enterarse de primera mano de la artera y criminal acción de los intervencionistas estadunidenses, a través de la CIA, apoyados por las oligarquías mestizas, Rodríguez Herrera comenzó su vasta obra editorial. Los tres primeros títulos se imprimieron en La Habana, cuatro se publicaron en México y uno en Francia.
Con la adarga al brazo; Abriendo senderos y Ellos lucharon con el Che fueron los títulos que se publicaron en Cuba, a finales de los 60 y a partir de 1972 el periodista Braulio Peralta le editó otros tres: Las huellas del Che Guevara; Escape a balazos y Tania, la guerrillera del Che, en la editorial Plaza & Janés. En París se publicó Les survivants du Che (Los sobrevivientes del Che). De vuelta a México, Peralta fue editor de Che para principiantes (2007, editorial Planeta).
Periodista, combatiente, escritor
Mariano Rodríguez Herrera no habla de sí mismo. Sólo cuenta que fue uno de los fundadores del Movimiento 26 de julio, que se integró a la sección de difusión y propaganda, con la misión de hacer llegar a Fidel Castro, su hermano Raúl, Che Guevara, Camilo Cienfuegos, Frank País, Juan Almeida y otros comandantes las informaciones que se publicaban en la prensa local e internacional sobre el levantamiento armado en Cuba y los comentarios sobre las circunstancias que vivían en la Sierra Maestra. Fue así, dijo, como The New York Times difundió su exclusiva mundial de que Fidel vivía, y desmintió al dictador Fulgencio Batista había difundido la especie de que el líder cubano había muerto.
“Esas noticias iban en mensajes que llevaban algunas mujeres arrojadas que cruzaban la línea del fuego y se internaban en la Sierra Maestra con tanta habilidad que nunca fueron interceptadas por la fuerza enemiga. Entre otras, Celia Sánchez fue una de las que mantuvo informados a los combatientes, de los hechos en Cuba y otros países”.
Como periodista, Rodríguez Herrera ganó seis premios nacionales por sus reportajes en Juventud Rebelde, donde se publicaron decenas de artículos de su autoría sobre Guevara de la Serna en los últimos 40 años. También en Bohemia.
“He dedicado mi vida a escribir sobre el Che“, reiteró. Para escribir, dijo, consultó a los combatientes que estuvieron a su mando en la misma columna. Viajó a Argentina para hablar con los padres, amigos y familiares del revolucionario; así como a cinco jóvenes que se sumaron a las filas del comando del Che cuando tenían 13 años de edad y que ellos le platicaron sus experiencias al lado de quien fuera combatiente y médico de la tropa, quien curaba también a los soldados heridos de Batista después de los combates.
Para conocer los detalles de la infancia de Guevara entrevistó a sus vecinos y amigos en Buenos Aires, quienes le platicaron del romance con Chichina Ferreira, una chica de buena sociedad que devoraba los libros y se ocupaba de su formación y se olvidaba de las superficialidades de sus amigas.
“Figúrate tú, que el niño Ernesto Guevara jugaba desde la infancia a hacer la revolución. Llevó cargando a su casa y les presentó a sus padres, Ernesto Guevara Lynch y Celia de la Serna, a un compañerito que resultó golpeado en la frente en una trifulca entre chiquillos que jugaban a ser soldados y combatientes. Para eso se formaban las pandillas de un bando y de otro”. Y con ese relato comienza Che para principiantes.
Quien conoció muchos detalles de la vida del guerrillero fue su viuda Aleida March Torres, dijo. “Mi amistad con ella me sirvió de mucho para documentarme en esos pasajes de la juventud y pude escribir no sólo del Che histórico, sino también del Che literario”, cuenta.
“De esta forma pude escribir la historia de su romance con Chichina Ferreira, que duró hasta que concluyeron sus estudios universitarios. El Che terminó la carrera de medicina en 1952 en Buenos Aires, adonde se trasladaron sus padres con él, para atender su asma, padecimiento que se le declaró desde la infancia”.
Relató que durante una manifestación en la que estuvo acompañado por su amigo inseparable, Alberto Granados (con quien hizo ese viaje en el que se basó la historia que se llevó a la pantalla, Diarios de motocicleta) le dijo que sólo con las armas se puede enfrentar a los policías y a los dictadores.
“El Che tenía claro que estaban viviendo circunstancias en las que había que tomar las armas para transformar la vida de los pueblos de América Latina. Después de ese viaje de los Diarios de motocicleta, viajó a Guatemala a apoyar el proyecto de gobierno de Jacobo Arbenz, donde combatió la invasión norteamericana. Tras el golpe a Arbenz, Guevara fue perseguido por la policía. Pretendieron matarlo. Entonces huyó a México”.
De indocumentado a guerrillero
Llegó a México en calidad de indocumentado. El Che no pudo más que refugiarse con un amigo médico que lo alojó en el Hospital General de México, donde le asignó una cama y un techo y comida a cambio de que trabajara en el cuerpo de médicos de urgencias, a donde llegó Ñico López, a quien había conocido junto con otros combatientes en Guatemala y que fue, junto con otros jóvenes como el Che, fundador del Movimiento 26 de Julio en 1953, llamado así porque en esa fecha atacaron el Cuartel Moncada.
“El encuentro con Ñico López fue muy emotivo. Llevó al Hospital General a un amigo al que habían herido y tocó al Che atenderlo. Quedaron de verse después y se reunieron para presentarle a Raúl Castro. Fue en la casa de su amiga María Antonia Figueroa, una cubana casada con el luchador Avelino Palomo, en las calles de Amparán 49, colonia Tabacalera, a unas cuadras del Monumento a la Revolución”.
No sólo estuvo Raúl. Ahí mismo éste le presentó al abogado Fidel Castro, quien conoció los antecedentes del Che, de cuya ideología fue puesto en antecedentes por Ñico López. Conversó con él por unas 11 horas, después de las cuales se sumó en calidad de médico, al grupo de revolucionarios que se disponían a luchar en Cuba para recuperarla de la tiranía.
Los milicianos se pusieron en manos de Arsacio Vanegas, para su entrenamiento militar; era un grupo en el que se encontraban, entre otros comandantes Juan Almeida y Camilo Cienfuegos. Hacían ejercicios de remo en el Lago del Bosque de Chapultepec a temprana hora, y posteriormente iban a las faldas del Popocatépetl, donde hacían prácticas de tiro con armas de fuego.
“Me contó Arsacio Vanegas que el Che, a pesar de su asma, que le impedía muchos ejercicios, era muy disciplinado en las prácticas en los cerros que rodean a la ciudad de México. Vanegas fue reclutado por Fidel para entrenar a los combatientes que pronto viajarían a Cuba”.
Fidel consiguió que sus hombres tuvieran entrenamiento por parte de un coronel republicano, Alberto Bayo, experto en artes marciales y lucha libre, en un rancho ubicado en Chalco, estado de México, y otro al sur de Tamaulipas, donde eran más frecuentes las prácticas de defensa personal, tiro y otras maniobras. A medida que se sumaban más al movimiento se filtró la información que provocó que fueran descubiertos por el Servicio Secreto y sus armas confiscadas.
Para evitar un derramamiento de sangre entre sus hombres y los policías, Fidel ordenó la entrega de todos y fueron llevados a una cárcel de las calles de Miguel Schultz, donde los cubanos no pudieron demostrar su estancia legal y se les advirtió sobre su deportación. Otros fueron llevados a la Penitenciaría de Lecumberri.
Para la liberación de todos los combatientes intervino el expresidente Lázaro Cárdenas del Río, quien apoyó al movimiento desde la llegada a México de Fidel, Raúl y otros combatientes. Cuenta Mariano Rodríguez Herrera que el Che, Fidel y los demás permanecieron 57 días en prisión y salieron bajo la promesa a las autoridades de migración de partir cuanto antes a La Habana.
“Cuando ocurrió la invasión norteamericana a Playa Girón en 1961, el general Cárdenas pidió luchar al lado de los cubanos, pero Castro, quien agradeció el gesto solidario del exmandatario mexicano, le pidió que se abstuviera para evitar un escándalo internacional que lo pudiera afectar”.
A bordo del Granma rumbo a la Sierra Maestra
Fue entonces, recuerda Rodríguez Herrera, cuando Fidel recurrió de nueva cuenta a Antonio del Conde, conocido como El cuate, propietario de una armería en el Centro Histórico, en las calles de Revillagigedo 47, para buscar armas para su movimiento.
Para eso fue reclutado Del Conde, quien utilizó sus contactos en Puebla, Toluca y Distrito Federal para conseguir un buen lote de armas: eran 20 fusiles de caza con miras telescópicas, cinco Remington automáticas, 20 automáticas Johnson; subametralladoras Tompson, dos fusiles antitanque calibre .50, una ametralladora ligera Máunser y una Star de culatín plegable. También botas confeccionadas en Guanajuato, cantimploras y mochilas.
En una casa de Las Lomas de Chapultepec, El cuate escondió el arsenal obtenido. Ello también atrajo la atención del Servicio Secreto, por lo cual tanto Arsacio Vanegas como el coronel Bayo, tuvieron que movilizarse y otra simpatizante, María Antonia González, les consiguió a los combatientes nuevos domicilios para ocultarlos.
Entrevistado por Rodríguez Herrera, Del Conde –”quien ahora tiene casi 82 años de edad”, recuerda– le comentó que Fidel le encargó conseguir una embarcación para llevar a los rebeldes a Cuba y fue así como don Antonio contactó a un ciudadano norteamericano que radicaba en Tuxpan, Veracruz, Robert B. Ericsson, quien reclamó 15 mil dólares por un yate para unos 28 pasajeros cómodamente instalados; era una embarcación para ir de pesca que medía 19.2 metros, el Granma (abreviatura compuesta de abuela en inglés). Le dio 5 mil dólares a cuenta y la promesa de pagarle el resto después.
Con excepción del coronel Bayo, por su edad; Vanegas y otros mexicanos que se habían sumado al grupo, únicamente abordaron el Granma 82 combatientes que zarparon hacia la isla de Cuba, junto con las armas y algunos costales de naranjas y otros comestibles. Fue en la madrugada, con mal tiempo y una lluvia pertinaz, cuando partió la nave de los expedicionarios, recordó Mariano Rodríguez.
Al triunfo de la Revolución cubana, después de los combates en la Sierra Maestra y en distintas regiones de la isla, Guevara se casó en las primeras semanas de 1959 con una de las dirigentes del Movimiento 26 de Julio, Aleida March Torres.
Tardaron meses para tener casa propia. “El médico de la Columna Ocho, el doctor Fernández Mell, les dio albergue en su casa de La Habana”, concluye el libro Che para principiantes y la conversación con su autor, Mariano Rodríguez Herrera.
Posted: Diciembre 24th, 2007 under Personajes.
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