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EL TRABAJO PEDAGÓGICO EN LA HISTORIA DEL CLETA:

LA SALIDA INFINITA DEL DIÁLOGO

 

 

Por Octavio Valadez Blanco

Escuela de Cultura Popular AC. 18 de Junio de 2007.

 La historia no es la acumulación de datos  y de hechos, es por el contrario el diálogo vivo entre el pasado y el presente  sobre un futuro del cual ambos son responsables.  En este ensayo interpreto la historia de aquello que no me toco vivir, doy el testimonio de lo que he vivido y comparto el sueño de lo que estamos construyendo en el ámbito pedagógico.

I

La pedagogía no se reduce al ámbito espacial de una universidad, un foro isabelino o una escuela popular.  La pedagogía es una relación específica entre seres humanos  que comparten, transforman y  transmiten su historia, su conocimiento…su vida.

En este sentido  me atrevo a decir que el primer acto pedagógico se da en el vientre materno, cuando  nuestra vida depende de la vida de nuestra madre.

Nos alimentamos con ella, nos dolemos con ella. Avanzamos juntos y retrocedemos juntos. Somos un ser unido que comienza  a dividirse en dos seres, un sendero que se bifurca hacia destinos distintos.

Pero salimos de nuestra madre. Y entonces empieza realmente nuestra existencia, este ex – sistere, estar fuera, fuera del calor, del abrazo íntimo del vientre materno.

Nacer es salir al mundo para que éste, entre nosotros. Con el nacimiento no sólo comenzamos a respirar el aire, sino que también comenzamos a respirar la cultura.

Y ésta nos va vistiendo de historia, de costumbres, de ideas y de normas  hasta que en la ruptura de la juventud, asfixiados de una pedagogía unilateral y vertical,  nos damos cuenta de que somos un sendero que puede construir  su propio destino.

La juventud es el momento en que el ser humano se mira por primera vez en el espejo como humano y se exige así mismo y a los demás el derecho de decidir, de pensar, de hablar. La juventud es un manantial de porqués que fluyen de nuestras gargantas y nuestras visiones,  “porqués” llenos de reclamos y de amaneceres quebrados sobre unos ojos históricamente desvelados.

La juventud es un segundo nacimiento, es salir del  vientre de un mundo que nos educó y  nos impuso el nombre y el apellido histórico,  es salida que pregunta porque sabe que tiene el poder de la duda. La pedagogía en la voz de los jóvenes ha reclamado siempre el diálogo.

El CLETA nace de la negación de este diálogo, de la opresión de estos jóvenes. Porque ni el CLETA ni ningún otro movimiento de lucha social  nacen de la nada, o de ocurrencias circunstanciales de hombres circunstanciales.

El CLETA nace de un parto en el que los jóvenes del México de los sesenta y setentas salían a las calles, no para respirar pasivamente  el mundo de una aparente libertad,  sino para escupir sobre la  hipocresía del desarrollo,  para interpelar los odios y los miedos del autoritarismo priista y la cerrazón de una sociedad alienada  y su respectivo gobierno represor.

Las calles se convirtieron en ríos de porqués con manos, voces y sonrisas;  las calles se convirtieron en ríos de porqués con pies, piernas y gritos perseguidos; las calles se convirtieron en rostros y cuerpos asesinados, en ríos de porqués ensangrentados  y acribillados.

La represión brutal sobre los jóvenes fue el rostro pedagógico del mundo capitalista que  mostraba  abiertamente el sentido opresor del Estado Mexicano y de las cúpulas de poder económico.  El cuadro histórico fue quizás el primer cuadro de la modernidad mexicana, el primer cuadro que nos mostraba que ni la independencia, ni la revolución habían afirmado realmente  nuestra libertad, que las cadenas seguían sobre nuestros pies, que los látigos fustigaban aún sobre nuestras espaldas.

 

Estas condiciones históricas son la madre de los procesos que originarían al CLETA.

 

La primera época del CLETA es la de su nacimiento como un movimiento artístico.  Es la salida de jóvenes de la Universidad  para afirmar un teatro que dialogara con su pueblo. Éste fue el inicio tan sólo, porque la construcción de un teatro no autoritario requiere  de una colectividad constituida desde el diálogo y no de la imposición. 

EL CLETA nació no con las obras de teatro sino con la organización de sus integrantes. Los grandes se convirtieron en padres de los chicos, los que tenían experiencia se convirtieron en maestros de los nuevos.

La primera época del CLETA  es la de ser forjadores de su propio destino.  Nadie sabía luchar, nadie sabía organizar, nadie era sabio, todos tenían que aprender desde  ellos mismos, desde su propia juventud.

 

De este modo el CLETA del foro Isabelino, de la década de los 70´s  asume  al menos cuatro trabajos pedagógicos:

 

Artístico: Al construir y extender un arte-teatro que dialogara con el espectador y con su realidad.

Político: Al  construir una colectividad democrática que pudiera mantener un espacio independiente en plena época de represión y de autoritarismos.

Instrumental: El de resolver los  problemas inmediatos  como instalar un sonido, hablar por el micrófono, organizar un festival  o como elaborar  un períodico o un volante.

Organizativo:  al organizar asambleas populares  y círculos de estudio entre los eventos artísticos en  casa del lago.

 

Todos estos trabajos requirieron de distintos procesos pedagógicos a veces explícitos muchas veces implícitos que hicieron que el CLETA se convirtiera en  una escuela que sin tomar conciencia de ello, estaba preparando   a innumerables luchadores sociales que habrían de dirigirse a distintos frentes de lucha.

 

Para la década de los 80, los jóvenes  habían crecido, muchos de ellos  volverían a salir  pero ahora para llevar el trabajo pedagógico a sus propios hijos, otros se habrían ido por la incapacidad por resolver las  contradicciones a lo interno de la organización.

 

Si bien se ha planteado en varias ocasiones que el CLETA de los setentas fue el CLETA de la calidad artística,  y que es éste el que debe reconocerse  y venerarse (y retomarse), considero que es una visión obtusa de la historia del CLETA.

La crisis de las organizaciones responden no sólo a factores internos, personales o anecdóticos. Tenemos que recordar que para la década de los 80´s   se avecinaba en México una de las mayores crisis político-económica de su historia. El milagro desarrollista que había sido enarbolado desde la euforia petrolera, llegaba a su fin y mostraba el carácter brutal de las economías capitalistas dependientes. El Neoliberalismo  aparecía en escena como la nueva máscara de la realidad capitalista mundial.

El CLETA cambió, debió cambiar. La salida de muchos, fue la llegada y permanencia de otros.

La ofensiva neoliberal obligó al CLETA a trascender del arte hacia el trabajo explícitamente político. El trabajo cultural tenía que responder a las privatizaciones, las reformas, y los golpes constantes a los derechos laborales.

 

En el ámbito pedagógico se   asumió por primera vez la necesidad de un trabajo específicamente de formación, manifestado en diversos proyectos de escuelas populares  a nivel local y nacional. 

Uno de los ejemplos más importantes de estos trabajos fue  el primer intento de escuela como espacio físico, con la llamada “La Casa de la Raza” (ubicada cerca del metro La Raza).  Sin embargo, el trabajo carecía de una perspectiva de crecimiento político, ya que aunque  mucha gente externa tomaba los cursos,  la dinámica organizativa  absorbía a tal grado que los cursos servían para todos menos para el CLETA mismo.

 

Para resolver  este problema el CLETA hizo del trabajo pedagógico un mecanismo para la formación de compañeros que quisieran integrarse a la organización. Con un programa mínimo de formación integral que consistía en reunirse a las 7 de la mañana dos veces por semana en Chapultepec  para hacer ejercicio físico, practicar karate,  después una discusión colectiva de experiencias organizativas y revolucionarias, con libros como “La Montaña es más que una Estepa Verde” , “El Socialismo y el Hombre Nuevo” del Che,  finalizando con un desayuno-convivencia. La mayoría de los que tomaron estos cursos fueron más tarde el pilar de la organización.

 

La década de los 80’s fue también el impulso del trabajo de medios de comunicación y la edición de materiales que buscaban extender el carácter de la formación e información al pueblo, es decir asumir el papel pedagógico de la palabra escrita. La comunicación  y la pedagogía se convertían en dos de las áreas medulares del CLETA,  en respuesta a una sociedad quebrada por crisis económicas y desastres naturales y políticos como el del temblor del 85.

 

Para la década  de los noventa, el neoliberalismo avanzaba con pasos firmes ante la caída del muro de Berlin y la llegada en México de Carlos Salinas de Gortari. La década de resistencia de los 80´s, había hecho que el CLETA tejiera una red de colaboraciones y trabajos que le permitió a principios de los noventa  impulsar  la Escuela de Cultura Popular “Mártires del 68”.   Con compañeros como  Alberto Híjar del Taller de Arte e Ideología (TAI), Iseo Noyola de la Organización de Arte y Cultura (OAC) y Enrique Cisneros del CLETA, así como con la colaboración de Toño Valverde, Salomé, Ricardo Landa se  planteó el objetivo de la Escuela como un espacio físico de formación de cuadros no solo de los integrantes de las diferentes organizaciones que la impulsaban, sino de cuadros para el movimiento en general.

 

El acuerdo fue que el TAI pondría los maestros, la OAC los talleres y su experiencia gráfica y el CLETA su infraestructura, los alumnos y sus contactos con organizaciones. Ésta fue una de las experiencias  pedagógicas más  importantes que se impulsaron, ya que se dio un salto cualitativo en la construcción de una escuela de cultura popular: se elaboraron estatutos, objetivos, fundamentos, reglamentos y una estructura organizativa democrática. Los cursos eran de dos años con un tronco común con cuatro materias básicas que se pensó eran centrales para la formación de cuadros culturales y políticos.  

 

La Escuela de Cultura Popular “Mártires del 68” nace en la Sala de Arte Público Siqueiros, lugar donde viviera el pintor muralista David Alfaro Siqueiros y que al morir éste, queda a cargo del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA). Allí se impartieron los primeros cursos y talleres, pero cuando el INBA vio que la Sala Siqueiros se llenaba de campesinos de la Unión de Comuneros Emiliano Zapata (UCEZ), de estudiantes y de pueblo  comenzó el rechazo y la lucha. Con movilizaciones y tomas de micrófono en sus actos, se logró que durante tres o cuatro años el Instituto pagara la renta de una casa en donde se pasó la sede de la Escuela.

 

En la práctica la experiencia de la escuela mártires del 68 mostró que las dinámicas y políticas de las organizaciones, impedían que sus militantes tomaran cursos tan largos por lo  que era necesario construir programas, cursos y talleres diseñados desde un diálogo con  las distintas condiciones de los participantes.

 

La década de los 90s trajo consigo el levantamiento zapatista  que vino a dar una relevancia crucial al trabajo político cultural de la organización.

Como resultado de esto, en enero del 1996 con la complicidad de las autoridades de la UNAM y del D.F., El Foro Abierto de la Casa del Lago de la UNAM en Chapultepec fue destruido un día antes de ser declarado conjuntamente con los zapatistas “Primer Aguascalientes del D.F.”.

 

Las autoridades pensaron que destruyendo el foro terminaban con CLETA, muy por el contrario dos meses después se  inauguraba “El Primer Aguascalientes en el Exilio” en la esquina de Bucareli y Donato Guerra y paralelamente y con la solidaridad del Frente Popular Francisco Villa se inauguraba en Iztapalapa “La Escuela de Cultura Popular del CLETA”.

Es  en este espacio donde por primera vez se pudo dar una cooperación económica a los maestros con el financiamiento de una organización internacional. Así mismo el CLETA se pudo hacer de una infraestructura mínima para el trabajo pedagógico. Sin embargo y como había ocurrido en la casa de la raza, se daban muchos cursos y talleres pero  éstos no eran tomados por  la gente de la organización y no estaban resultando en un crecimiento de la misma. Así mismo el espacio no era del CLETA y la división del FPFV  obligó a la organización a retirarse del espacio. Se inicia entonces una etapa de repliegue en el trabajo pedagógico.

 

II

 

Paralelo a esta segunda etapa política del CLETA (década de los 80 y 90), fue creciendo la primera generación de jóvenes nacidos en el Neoliberalismo. (a la cual yo pertenezco).

Su presencia paso inadvertida hasta que en 1999 se abre la ofensiva para la privatización de la Universidad pública más grande e importante de Latinoamérica. Otra vez fueron los jóvenes que salieron a las calles, no para conquistarlas sino para afirmar al capitalismo neoliberal que la universidad no sería privatizada.

El CLETA asumía su responsabilidad histórica  realizando un trabajo constante y una defensa del movimiento ante la guerra mediática que se le había declarado.

 Es aquí donde comienza lo que llamo la tercera etapa pedagógica del CLETA que es la de la transición explícita hacia una organización político cultural, donde las generaciones fundadoras del CLETA comenzarían a dialogar y a construir con los llamados hijos del neoliberalismo.

 

Y es que la huelga en la UNAM fue un llamado que nos convocaba a la juventud a alzar la voz y la mirada para comprender que la lucha no era sólo por la universidad sino por la educación, no era sólo por las cuotas sino por el acceso del pueblo a los beneficios de la cultura. No era sólo contra el Estado Zedillista y rector Barnés y luego Ramón de la Fuente, sino contra el Neoliberalismo.

El Estado que odia y teme de los jóvenes, afiló sus armas, y comenzó la ofensiva para aplacar este movimiento cultural que emergía. El porrismo se incrementó, la guerra mediática azuzo el  juicio popular contra los activistas. Ser estudiante y estar con la huelga se volvió causa de golpizas,  expulsiones,  persecuciones, estrategia que  culminó  con la entrada a la universidad de la recién creada PFP   y el encarcelamiento de cientos de jóvenes activistas.

Como en los 60-y 70 los jóvenes éramos otra vez reprimidos.  Y como en esa época, se gestó la conciencia de cientos de jóvenes que aún permanecemos en la lucha.

Para el año 2000, si bien la huelga había terminado, los jóvenes estudiantes buscábamos opciones para continuar la lucha más allá de las esferas universitarias y politécnicas. El CLETA apareció entonces como una opción.

Los círculos de estudio en Casa del Lago y en la escuela de Iztapalapa  fueron llenados por éste ímpetu generacional. Maruca González, la Cleta de la perseverancia, del silencio y la humildad,  Maruca,  la maestra y la luchadora incesante, cumplió un papel determinante para que el CLETA mantuviera el trabajo pedagógico y pudiera recibir a esta ola generacional que tocaba las puertas de la organización. Fue ella quién mantuvo la importancia de la formación política, teórica. Ella,  la  menos intelectual de los cletos, la menos protagonista y la más silenciosa,  mantenía viva, con círculos de estudio, la llama del trabajo pedagógico como formador de nuevos hombres, de nuevos militantes.

Los que participamos en estos círculos pasamos de ser alumnos pasivos a ser coordinadores de manera muy rápida, los tiempos lo exigían. La llegada de Andrés González, filósofo militante de la huelga, no sólo le dio  fuerza al trabajo de los círculos de estudio, sino que vino a renovar la necesidad urgente de comprender teóricamente  la praxis revolucionaria, trabajo postergado en años de activismo desenfrenado. El amor de Andrés por la filosofía y en específico por el pensamiento marxista, trajo una nueva  ola de vitalidad a la formación de cursos y  talleres que abordaron de lleno los textos clásicos y nuevos del pensamiento crítico. Fue en esta etapa cuando se incorporaría  Octavio, osease yo,  para conformar lo que sería la célula del trabajo pedagógico del CLETA.  Si bien se trataba de la escuela del CLETA, Octavio y Andrés no   fueron integrantes dentro del CLETA sino colaboradores que se coordinaban únicamente  con Maruca, quien supo respetar y escuchar los tiempos que vivíamos para integrarnos poco a poco a la organización.

 

Con este equipo, la escuela de cultura popular del CLETA se sumergió  en lo subterráneo. No se  buscaba  dar masivamente cursos y talleres, no se buscaba responder a necesidades pragmáticas, el objetivo que implícitamente nos propusimos fue el  estructurar círculos de estudio que pudieran potenciar la toma de conciencia de sus participantes.

Dimos círculos  en Casa del Lago, en la escuela de Iztapalapa, en el síndicato de la UAM, Atenco, entre otros lugares.  Nuestros temarios fueron evolucionando de textos  y opiniones como James Petras y Noam Chomski, hasta llegar a círculos donde leíamos a Aristóteles, Karel Kosik, Heidegger, Dussel,  Marx, Maquiavelo entre muchos otros.

Sin embargo el paso más importante que dimos en esta etapa, fue el de plantearnos  la necesidad de construir una pedagogía verdaderamente libertaria. La lectura del gran pedagogo libertario, Paulo Freire, no era sólo para nosotros un regocijo teórico, sino un llamado urgente a una praxis pedagógica realmente revolucionaria. Nos dimos cuenta que los textos y las categorías teóricas eran sólo el esqueleto,  que lo más importante eran las dinámicas construidas para potenciar verdaderamente la discusión, la reflexión colectiva y la participación social.

 

En un círculo de estudio que dábamos en Iztapalapa, llegó Estela una compañera, del FPFV, de la cual nos hicimos amigos. Un día nos llama, nos dice que hay un terreno recién ocupado y nos invita  a participar. Cuando menos nos dimos cuenta, estábamos tres jóvenes, un filósofo, un científico y un obrero comenzando a construir con nuestras manos no sólo nuestra casita, sino una comunidad entera. Habíamos salido del CLETA, como tantos otros compañeros, para trabajar directamente en el plano de la  organización popular urbana.

 

Nuestra salida no fue un descuido de la escuela del CLETA, en realidad podríamos decir que fueron 3 años de trabajo de extensión en la escuela de la pobreza, en la universidad de la tierra, del polvo, del sudor, fue para nosotros la prolongación de nuestra formación teórica práctica, de nuestra toma de conciencia. Si anteriormente nuestro trabajo se enfocaba al diseño y ejecución de cursos para el pueblo, en esta comunidad los  retos se multiplicaban, tratábamos  de construir un mundo nuevo, con relaciones sociales distintas, con la posibilidad abierta de superar el egoísmo y el individualismo urbano.

La comunidad esta ubicada en medio de una zona de opulencia y de glamour, y nosotros sabíamos que aquello era un hoyo negro, la excepción de todas las normas, era  alzar la cara no para pedir limosna sino para decir aquí estamos los pobres en su zona y no nos sacarán.

Era poner el drenaje, la luz, el agua, el piso,  eran asambleas con el pueblo jodido de esta ciudad. Eran pleitos, chismes, fiestas y contradicciones. Fueron llantos, soledades y fracasos. No sólo habíamos descuidado al CLETA, sino nuestros estudios en la universidad, nuestras familias, nuestros amigos, nuestra juventud.

El CLETA  se volvió para nosotros únicamente la presencia de Laura Martínez, compañera silenciosa de este proceso  y Maruca, quienes   cumplieron un papel pedagógico de apoyo, no sólo con comida y utensilios, sino con su apoyo moral para luchar, Maruca en especial  sabía que teníamos que aprender de este tipo de luchas y organizaciones de masas.

En la comunidad nos llamaban los estudiosos,  en son de burla y de reclamo. Un día, en una asamblea, después de que los invitábamos a que participaran con nosotros en los círculos de estudio, recuerdo que se nos dijo “ es que ustedes, los estudiosos, no se ensucian las manos”. El veinte nos calló de inmediato. A diferencia de los cursos en espacios fijos, aquí teníamos que ser parte de la comunidad,  teníamos que compartir sus dolores, sus espacios  para que ellos compartieran nuestros conocimientos, la pedagogía trascendía el ámbito de las categorías o los diálogos intelectuales, aquí era un diálogo de trabajo,  de vida. Teníamos que entregarnos a las faenas, llenarnos las manos de ampollas, de cicatrices. Los círculos de estudios se hicieron no en salones, sino bajo la sombra de una casita con techo de cartón,  después de domingos agotadores de picar el suelo,  cansados todos y con unas caguamas  hablando de nuestras vidas, del mundo, de la historia.

 

La universidad más importante de Latinoamérica quedaba tan sólo a unos pocos kilómetros de la comunidad, y sin embargo estábamos demasiado lejos de ella en todos los sentidos.  No éramos los estudiantes que venían a hacer trabajo comunitario y luego regresaban a sus casas y escuelitas cómodas de individuos aislados.  Éramos tres jóvenes, León Felipe, Andrés y Octavio tratando de construir un mundo desde la inmundicia de los pobres en el centro de la ciudad medusa, ciudad de hombres de piedra, de la ciudad grito, desde nuestras manos llenas de llagas, desde el sudor y el cansancio del trabajo, desde nuestras vidas inexpertas.

Paralelamente a este trabajo de tierra y de pueblo, participábamos también en la escuela de cuadros del FPFV.  Andrés, sobre todo mostró que los años de estudio y de trabajos pedagógico lo habían hecho capaz de formar a los principales militantes de una organización de miles de integrantes,  habíamos aprendido en la escuela del movimiento social. 

Cuando salimos del FPFV, por motivos personales y políticos, pudimos sentir que nuestras vidas habían sido transformadas,  que aquellas experiencias habían sido la culminación de una preparación profunda de nuestras vidas para la lucha popular.

 

Después de esta experiencia se fueron dando las condiciones para que nos acercáramos más al CLETA. Enrique Cisneros nos propuso entonces que el equipo de la Escuela se hiciera cargo del periódico el Machete. Y así, sin haber hecho  nunca un periódico y con la ayuda de los compas de Machetearte, la escuela volvió a salir, pero ahora para asumir la responsabilidad histórica de llevar al Machete a su dimensión pedagógica y crítica.  La  editorial publicada  en aquel segundo número de 2004, llamado “El machete una voz para las voces excluidas”, es en realidad un manifiesto pedagógico de este periódico. El Machete fue el espacio donde pudimos comprobar que los años de círculos de estudios,  los años de lectura y análisis de textos filosóficos y políticos no habían sido en vano. Podíamos escribir una editorial, criticar un suceso histórico, hacer un análisis de coyuntura, podíamos pensar por cuenta propia.

 

Muchas  veces se olvida el carácter pedagógico de un texto. Para nosotros era crucial poder abordar la profundidad del pensamiento crítico con palabras simples.

El Machete resurgió como parte de la Escuela, en momentos donde era crucial comprender lo que estaba pasando. Fue el desafuero de López Obrador, fue la emergencia de la Otra Campaña, del Tercer diálogo,  fue una realidad mexicana que se agitaba y que salía a las calles la que nos hizo concentrar el trabajo pedagógico en la redacción del Machete. El equipo creció rápidamente.  Tuvimos que aprender diseño, redacción, hacer páginas de Internet. Salíamos a las marchas no con nuestra voz en la garganta, sino con voces acumuladas en nuestros machetes.

Tantas noches desveladas, nos veíamos Andrés, Octavio y Laura solos terminando el periódico, después de que todos se iban a sus vidas cotidianas  que nosotros habíamos dejado tiempo atrás.

El Machete fue otra etapa del trabajo pedagógico que caminaba en paralelo con círculos de estudio que diseñamos con históricos intelectuales como Marcos Tello y de Alfredo Velarde. Nuestro objetivo era que el Machete debía ser el brazo comunicativo del trabajo de formación política. El Machete era la escuela a través de un medio impreso. Así pues, el trabajo pedagógico se volvió en una fuente de proyectos,  como el de la Organización estudiantil José Revueltas, que busca responder a las condiciones y necesidades de los estudiantes que militan en el CLETA.

 

Aunque parecían pírricos los resultados de nuestro trabajo,  poco a poco veíamos que los compañeros que habían participado en alguno de nuestros círculos,  estaban ahí en algunos de los frentes de batalla, como Juan de Dios, que se fue a defender al pueblo de Atenco aquella madrugada ignominiosa. Eric y Jorge, otros compañeros regresaban para integrarse al trabajo de APIA, Laura  potenciaba su trabajo en la UAM, Claudia en cd neza, y muchos otros ejemplos. Los círculos de estudios habían sido el abono para que la semilla de la conciencia germinara en muchos compañeros.

 

Así mismo  la Escuela  cumplió un papel integrador al interior del CLETA, en el sentido de asumir el trabajo de coordinación colectiva, de poner la crítica y la autocrítica en el nivel necesario para que el proyecto político cultural CLETA, trascendiera hacia la Organización Político Cultural que hoy se configura. No fue fácil, muchos de estos procesos coincidieron con una crisis de la organización. Como si se tratara de un huracán, pronto nos vimos con los proyectos desolados, con nuestros equipos destrozados, tratando de sacar fuerzas para reconstruir la organización. Aunque los que quedábamos habíamos juntado en los años la fuerza necesaria para perseverar,   nadie sabe lo difícil que es creer en la luz, cuando la oscuridad lo inunda todo, cuando la lucha parece ser una obstinación, una necedad en medio de la desesperanza.

III

 

En Julio de 2005, el equipo de la Escuela, decidió  salir a la luz con una propuesta de trabajo a largo plazo. Las experiencias pasadas y recientes, habían cobrado fuerza, nuestra visión de la escuela cobraba color y figura. Estábamos preparados para construir un gran proyecto.

Diseñamos una estrategia de crecimiento, que implicaba desde una  solicitud nacional de formadores, hasta la ejecución de campamentos pedagógicos donde intensificaríamos la formación de  los maestros.

Comprendimos que  la lucha social no debía circunscribirse a la legítima y  necesaria defensa de la educación pública y gratuita que hicimos en el 99,  era necesario llegar al 92% de los jóvenes que no pueden entrar en esas aulas, había que iniciar la construcción de una universidad para la lucha, para el socialismo.

La solicitud tuvo una gran respuesta pero  pusimos muchos filtros para quedarnos con compañeros que asumieran el proyecto con todo, así se integraron Hugo Cruz y Samuel Sánchez. La experiencia nos había hecho mantener una infinita paciencia en los procesos crecimiento. Fuimos criticados incluso dentro de la OPC-CLETA por no resolver las necesidades urgentes de cursos y talleres que habían… que siempre hay. Pero nosotros resistimos porque sabemos que el principal reto era y es el de construir un equipo de formadores con la capacidad para crear muchos y diversos equipos y proyectos de organización.

La respuesta de compañeras como  América del Valle, hoy perseguida injustamente como la esperanza, que se ofrecía para participar con nosotros capacitando formadores nos animaba a perseverar por este camino.

Hoy la escuela avanza lentamente, pero con pasos firmes. El equipo ha crecido y los sueños y las dificultades también. Somos una célula, que aún sin tener un espacio fijo comienza a evolucionar.  Nuestro equipo es heterogéneo, hay periodistas (como Melchor), filósofos (como Marcos, Javier), artistas (como Adler, José Alfredo, Mercedes, Abraham), biólogos (como Hugo), antropólogos (como Ofelia), médicos y de salud alternativa como Eduardo y Erandi, ingenieros como Javier,abogados como Samuel, psicologos (como Joyce),  en fin  hay una tierra fértil para sembrar muchos proyectos, hay un espacio de unidad, una  colectividad que comienza a avanzar hacia un destino común.

Toda esta historia nos hace comprender que el trabajo pedagógico es y será la piedra angular de la cultura y la política dentro de la OPC-CLETA, será  la sustancia que anime todos nuestros trabajos. Si antes esto lo hacíamos de manera implícita hoy lo haremos con plena conciencia y responsabilidad. La nueva etapa del CLETA es la de organizar, es la asumir y promover el sentido pedagógico de todos nuestros trabajos, es la del diálogo, la de creación equipos de lucha popular: es la de salida constante hacia la novedad, hacia el cambio: hacia la revolución.

En esta historia saldremos del Centro Libre de Experimentación Teatral y Artística para impulsar y construir una Organización Político Cultural CLETA que dialogue con nuestra historia, nuestro pueblo y nuestro pasado y  que pueda afirmar  y colaborar en la construcción de un nuevo ser humano, un nuevo mexicano.

 La pedagogía libertaria nos hará trascender el arte solipcista, el soliloquio de las letras, la política de masas. La pedagogía nos hará afirmar un nuevo mundo aquí y ahora,  en este momento de la historia, desde nuestro pueblo y nuestra historia adolorida.

Saldremos de nuestras comodidades como lo hicieron los jóvenes que fundaron esta organización, como lo hicieron los cletos de los 80 y 90.

Saldremos de esta sala y de esta universidad para que sea ella la que sirva al pueblo y no viceversa, para que sea ella la que abra las puertas de la cultura universal y popular y evite ser el palacio intelectual del poder económico y político.

 

La juventud quizás saldrá de nuestro cuerpo pero no de nuestras vidas, no de nuestra alegría y nuestras utopías.  Y veremos al pasado quizás con lágrimas en los ojos, pero respiraremos un agradecimiento por la oportunidad que tuvimos de sembrar y cosechar nuestro destino.

Algún día saldremos también de nuestras vidas, pero sabremos que nuestra muerte no será el fin de los trabajos y los proyectos que impulsamos, y nos iremos seguros de que nuestra partida será tan sólo la de una gota de este río socialista que comienza a salir sobre las calles de la historia, como el recién nacido, el hombre nuevo que está  transformando nuestra realidad.