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LA UNIVERSIDAD : MITO, REALIDAD Y ALCANCES.

Por Octavio Valadez

 

Escuela de Cultura Popular AC.

Publicado en el Machete no. 192. Abril 2006

 

La apariencia es que la UNAM ocupa el lugar 95 dentro de más de 9 mil que existen en el mundo.  Lo de menos es saber  qué parámetros se usaron para clasificar a estas universidades  ni la visión del mundo que tengan las fuentes que lo anunciaron.  Lo importante  es que se reconozca de una vez por todas que la educación pública rebasa con creces los alcances de las universidades más caras del mundo.  Y entonces lo que deberíamos de hacer es enorgullecernos de nuestra universidad,  darnos un abrazo a nosotros mismos (como defensores de la gratuidad de esta educación) y desearnos seguir en este sendero de  grandes reconocimientos.

Sin embargo,  y regresando a la vieja necedad filosófica: las apariencias engañan.

La pregunta que debemos hacernos  no es sobre la calificación que un periódico inglés  nos pone en la frente. Lo que deberíamos preguntarnos es ¿qué papel juega y ha jugado la UNAM  dentro de la historia de nuestro país?. 

Al tratar de respondernos esta pregunta, veremos que  en sus más de 450 años, además de los innegables frutos que ha dado a nuestro país, en términos generales la UNAM  ha sido cómplice del desarrollo de una historia de conquistas,  invasiones, explotaciones y opresiones que ha sufrido el grueso de la población mexicana. Y este sentido  de complicidad,  hoy se conserva  dentro del contexto capitalista y electorero, que la hace subordinarse a  una concepción opresora  del conocimiento, la educación y de la juventud.

Esta doble cara de la universidad: de “magnánima” y perversa, forma parte del mito de la UNAM y de las universidades en general, que debemos de desentrañar y que este ensayo pretende  introducir.

De inicio debemos de decir que la universidad nunca ha sido “del pueblo”, en su sentido de estar  abierta, como un derecho, a todos los mexicanos.  Desde el siglo XV se controlaba el ingreso a sus aulas mediante normas de admisión,  donde obviamente se privilegiaba  a los criollos por sobre los mestizos y éstos por sobre los indígenas. Al avanzar el siglo XIX,  el sector indígena como tal  quedó excluido  de la estructura universitaria.

La herencia priista, panista, y perredista de esta exclusión,  es que el 50% de la población estudiantil de la UNAM  pertenece al 10% de las familias  con más ingresos del país que  acaparan más del 40% de las riquezas del país, es decir el principal centro de estudios de México está poblada fundamentalmente por clases privilegiadas.

En segundo lugar el sentido de la universidad  no se ha fundamentado en la emancipación de nuestro pueblo sino en el mantenimiento del statu quo del capitalismo. Desde que emergieron como fuerza política (a través del Estado), las clases burguesas  han visto en  el “saber” un arma imprescindible para  consolidar el sistema del cuál se alimentaban. Sabían que la transformación de una sociedad dependía del modo en que  ésta  se sostuviera sobre una  conciencia  colectiva que hiciera “creer” que el mejor de los mundos posibles es el que existe. Fue así que, a diferencia del clero que ponía en el saber el  arma política de su dogma divino, los burgueses transfirieron al saber  el orgullo de su propio éxito social: la victoria del modo de producción capitalista que pone sobre un pedestal al  individuo con derecho de propiedad,  el sometimiento  irracional de naturaleza y la grandeza espiritual del Estado.

En tercer lugar   el poder real de la universidad  es sólo  un “sueño” : el de ser los portadores del poder  para crear y dirigir la formación de una nueva y gran civilización. La realidad es que la civilización capitalista   no se rige por la razón,  sino por el absurdo estúpido de la ganancia infinita,  aunque  hasta la fecha el mito  del “gobernante filosofo”, sigue reproduciéndose entre sus aulas y en los medios de comunicación.

En la práctica y desde la época posrevolucionaria,  la universidad se convirtió en la fábrica de dirigentes,  garantizando  una formación  ideológica  que respondiera a las necesidades de las clases dominantes. Basta recordar el papel trascendental que jugó la UNAM en el régimen priísta, generando los cuadros y siendo el brazo cultural del Estado opresor.

En  cuarto lugar, en términos generales la UNAM nunca ha sido la contraparte del poder, sino que ha sido una de sus madres más hipócritas. El  mito del filosofo-rey que gobernaba desde el palacio universitario quedó en el pasado medieval, para ser sustituidos por una realidad donde   los profesores  son los  empleados más funcionales del Estado, convirtiéndose en intelectuales burócratas.

La universidad fue y sigue siendo el  arma cultural ideológica del Estado capitalista, inventando realidades, legitimando las mentiras,  reteniendo la transformación, y  resolviendo  sólo en el mundo de las fantasías las contradicciones profundas de nuestro pueblo. 

Quinto, la UNAM no genera la ciencia, la filosofía ni la tecnología que nuestro país necesita para emanciparse.  En términos esenciales, la UNAM hoy produce una investigación científica que sólo sirve para llenar revistas internacionales y para darle a los grandes países tecnológicos las bases teóricas de las máquinas, medicinas y tecnologías que luego nos venden. Y lo hace con los 5 mil millones de pesos anuales que se le da para investigar, sin que hasta la fecha haya habido alguna incidencia o disminución real de la abismal dependencia  científico-tecnológica que tenemos con los países ricos. Pero además la universidad reproduce tradiciones filosófica y científicas que  no corresponden a la realidad de nuestro país: sus conocimientos  se “manejan” como neutrales en los procesos políticos que la mueven, negando su propio contexto donde el 10% de los adultos mexicanos sigue siendo analfabeto, pero sobre todo negando la esencia misma de todo conocimiento como machete que abre posibilidades de liberación.

 

Estos son algunos de los engaños, que se reproducen sobre nuestra sociedad y que poco a poco y de manera sutil vamos asumiéndolos como una “costumbre”, como un “así debe ser”. Los jóvenes se ven  determinados por un protocolo social de requisitos académicos, títulos, capacitaciones, en suma una producción de individuos. Lo de menos es el sentido del conocimiento, lo importante es el título que me permita obtener un mejor empleo.

La educación se ha convertido en una  fábrica  de sujetos adaptados al mundo,  que a través de la primaria, la secundaria y la preparatoria  impone los fundamentos mínimos para desenvolverse en el capitalismo. Los 279 mil jóvenes que finalmente pueden ingresar a la UNAM se enorgullecen   de ser  las mercancías más calificadas en el mercado de personas que es el capitalismo, sin importarles si en realidad  serán mercancías-no-compradas  para unirse en el creciente almacén de los   desempleados. 

En términos generales la UNAM produce sujetos egocéntricos, presumidos y soberbios. Individuos repletos de conocimientos, costumbres y juicios aparentes del mundo,   saliendo de las aulas con la más firme voluntad de  entregar sus vidas al ritmo moderno de la vida capitalista. La rebeldía “biológica” de la juventud  se  controla con bares y antros que rodean las aulas, donde los privilegiados estudiantes se embriagan viendo partidos de su equipo de futbol.

Por su parte, la mayoría de la academia universitaria es la organización de pastores que llevan a los borregos a los hornos de la  barbacoa. Entre más de  40 mil académicos de  la universidad, sólo unos  pocos  investigadores y profesores asumen posturas “críticas”  y muchos de ellos se convierten en los consejeros de príncipes, que como Maquiavelo,   ayudan a sujetos demagogos (como el filosofo  E,. Dussel con López Obrador)  a generar y mantenerse en el poder.

Pese a  este panorama devastador del sentido instrumental y servicial de la universidad,  hemos de coincidir, paradójicamente,  en algo con el mito:  el futuro de México depende en gran parte  de la universidad. Sin embargo,  debemos antes preguntarnos  ¿qué futuro es el que queremos para México y para la universidad?  ¿el de los que quieren que el sistema  capitalista se mantenga? ¿El del pueblo emancipado?

 

REFORMA O REVOLUCIÓN.

 

El movimiento revolucionario no puede  negar la importancia que tiene la UNAM en el proceso de transformación de nuestro país. El hecho de que sea el monopolio de la educación, acaparando los recursos estatales (recibe más de 18 mil millones  de pesos anuales),  y   controlando gran parte de la investigación de México, ha sido reconocido por los poderes económicos como una fuente de inversión. Un ejemplo es que sin la caridad perversa de Carlos Slim hoy el sistema de becas de la UNAM no existiría: el capitalista huele los negocios, démosles zanahorias a los burros para que sigan avanzando, démosles premios a sus eméritos para que sigan  agradeciendo las bondades del capitalismo.

Pero también la UNAM  es una inversión ideológica y es por esto que las grandes organizaciones de ultraderecha como el YUNQUE siguen usando sus espacios para cooptar los nuevos cuadros de sus  grupos de choque.

Afortunadamente  el sentido crítico de emancipación social de la UNAM  no está  destruido ni reducido a los murales comunistas que alguna vez fueron pintados. Existe, resiste y persevera un movimiento estudiantil que se enfrenta al constante ataque de las autoridades, encabezadas por Juan Ramón de la Fuente, símbolo de la represión federal en el 2000.

Estos estudiantes que hoy luchan dentro de la UNAM, son los herederos del constante movimiento histórico de lucha,  mismo que  logró defender el carácter público y gratuito  de la universidad más grande de Latinoamérica.  

Pero la apariencia mediática dice lo contrario. Ramón de la fuente, gobernador  de la UNAM,  ha pasado de ser el represor de la huelga, al más tierno defensor de la educación pública, usando las cifras de éxito universitario para impulsar su  candidatura como  secretario de gobernación por  el PRD (y el Peje), ambos promoviendo (oh absurdos!)  el carácter publico y gratuito que el CGH  defendió  y que ellos reprimieron y traicionaron respectivamente.

Es por estas implicaciones políticas que el movimiento de lucha interno de la UNAM ha sido cuidadosamente  dispersado,  reprimido y  soslayado,  para evitar que la fuerza estudiantil pueda irrumpir en el escenario político nacional. De este modo, el problema político y académico  de la UNAM, trasciende las esferas del movimiento estudiantil e involucra  a toda la coyuntura política del país, y por lo tanto todo el movimiento  “de abajo y a la izquierda”.

 

¿Qué hacer?.

En la  OPC-CLETA   consideramos que  la defensa de la educación debe girar mínimamente sobre dos trabajos históricamente reconocidos:  la puesta en marcha de una autogestión académica que asuma y dirija el poder académico y político de la universidad para una transformación radical de la misma, es decir para una revolución universitaria. Y por otro lado la creación de  puentes que dialécticamente encaminen la universdad  hacia una autogestión social.  Es decir el trabajo revolucionario en el ámbito existente  de la universidad  y  paralelamente la  creación de nuevos espacios pedagógicos de liberación y organización  laboral.

Esto significa asumir el hecho de que la UNAM   y las universidades en general,  tienen y generan poder  y que por lo tanto, es una responsabilidad de los estudiantes privilegiados, (pequeña  burguesía intelectual),  el  promover ante todo una práctica pedagógica distinta dentro  de la totalidad universitaria, que cumpla con los planes establecidos pero que los trascienda en una práctica política de la educación.  Consideramos que el  amplio sector estudiantil debe re-organizarse para  trascender el ámbito contestatario y no convertirse en una especie de sindicalismo estudiantil que sólo lucha por  mejores condiciones de opresión y por evitar que las reformas ya ejercidas se legalicen. El movimiento estudiantil debe convertirse en mayoría política a través del ejemplo, tanto en la disciplina académica como en la militancia organizativa.

Sin embargo, el movimiento social no puede sustraerse al sector burgués de la universidad, sino que debe incluir a la población joven que ha sido excluida de la educación. Recordemos que sólo el 8% de la juventud (entre 18-29años)  asiste a la universidad, por lo que el movimiento en general debe construir modos de educación desde y para ese  92 % de los jóvenes no universitarios. Es decir,  si la autogestión académica  no busca trascender su esfera universitaria, difícilmente podrá  resolver  la crisis del saber que produce la opresión capitalista.

El problema de la educación va más allá de defender el carácter gratuito de una universidad  funcional al mundo, significa  la creación  de nuevas instituciones que se fundamenten en una óptica radicalmente distinta de  la universidad.

El hecho de que la UNAM tenga su matriz en el espacio intelectual y burgués del DF, alejado de las masas de trabajadores y  de los grandes cinturones de  pobreza es un ejemplo irremediable  del sentido (y espacialidad) burgués de la universidad. Se requiere un proyecto de universidad que rompa radicalmente con estos modos sutiles de exclusión.

Una universidad que asuma  el carácter libertario del saber para enseñar y sobre todo para aprender de la historia de liberación de nuestros pueblos sin el biberón envenado del Estado. Que no reduzca su conocimiento a categorías europeas, cientificistas  y utilitaristas, sino que use el conocimiento para transformar de raíz nuestro país. En suma, lo que se necesita es una universidad para el socialismo, que sin determinarse por un espacio burocrático   haga el trabajo pedagógico que implica el transito de una sociedad capitalista a una socialista.

Desde esta perspectiva es que en la OPC-CLETA hemos construido dos proyectos que buscan resolver estas problemáticas: la Organización Estudiantil José Revueltas y la Escuela de Cultura Popular AC. La primera  enfocándose en el ámbito de la autogestión académica y otra siendo la tierra tanto para la semilla de los estudiantes existentes como para  la  construcción de una universidad que de frutos para el socialismo.

Ambos proyectos no buscan hegemonizar, sino sumarse al trabajo existente que ya se hace desde distintas trincheras y  de este modo contribuir para la revolución político-pedagógica de la UNAM y de todas las universidades de México,  así como para la construcción de nuevos espacios educativos en una universidad para el socialismo.

 

Escuela de Cultura Popular: www.opcescuela.org,  esculturapopular@yahoo.com.mx