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Nuestra Escuela:

LOS RETOS DE LA IZQUIERDA SOCIALISTA REVOLUCIONARIA

EN EL CAPITALISMO MADURO DEL SIGLO XXI


Alfredo Velarde

Aislar un pequeño conjunto de definiciones para proponer líneas de intervención al seno de las luchas contemporáneas y su acción militante contra el capitalismo del presente, sobre todo si la acción opositora y revolucionaria corresponde a aquella que es característica de los socialistas y libertarios del siglo XXI, obliga a volver a establecer afirmativamente la distinción clásica tantas veces referida entre la izquierda y la derecha. Esto es así, porque no son pocos aquellos quienes sostienen que, a la luz del presente, dicha añeja topología clasificatoria no sólo ya no es pertinente por la compleja transformación que la realidad ha experimentado dentro de la sociedad capitalista madura, sino porque ni siquiera la distinción referida es necesaria ya -se alega-, como una referencia capaz de decir algo para abordar la complejidad política de nuestro tiempo, ante la promiscuidad de los discursos y la prostitución de las prácticas, y que, en la ominosa y pragmática política realmente existente, se vive en el mundo de la política instituida. De manera que un primer reto de la izquierda contemporánea genuina (que para mí sólo puede serlo la izquierda revolucionaria que lo acredite en la práctica contrasistémica misma), tiene que ver con los valores y principios que deben preservarse, como una sustantiva reserva ética ante quienes los han olvidado o pisoteado, por la vía de los hechos, alegano con cinismo seguir siendo de “izquierda” y haciendo lo contrario cuando ya son otra cosa. Un elocuente ejemplo mexicano de ello sería, para mí, el lamentable PRD que se desmorona no por accidente.

Disidente de la extendida idea sobre la presunta inutilidad de aludir a izquierda y derecha en el discurso y la práctica política misma de hoy, como lo soy, me cuento entre quienes sostienen que la distinción entre izquierda y derecha sigue siendo útil y tiene sentido, por mucho que debamos reconocer la existencia de distintas gradaciones tanto de izquierda, como de derecha. Como se sabe, fue a partir de la Revolución Francesa, cuando por cuestiones de colocación de las facciones al interior de la Asamblea, los defensores de las ideas progresistas, de avanzada y revolucionarias se colocaron “a la izquierda”, mientras quienes suscribían y hacían suyos los derechos “divinos” o de la conservación del viejo régimen o la tradición, se ubicaban “a la derecha”. Así fue, por fundadas razones, que se empezó a hablar de izquierda y derecha, aunque nunca como una especie de cartografía inamovible que ciertamente ha venido cambiando con el paso del tiempo. Un ejemplo de ello, sería el enorme salto de calidad que supuso la reelaboración del discurso político de izquierda, desde la vieja democracia burguesa que se perfiló como tal, a la luz de la Revolución Francesa, ante la génesis y el desarrollo de la hasta hoy irrealizada alternativa socialista, como opositora por principio a todo capitalismo, como ocurrió desde la Comuna de París y más tarde con la Revolución de Octubre, que concluyera traicionada por el termidor burocrático y la franca política contrarrevolucionaria estalinista que impidió materializar un genuino socialismo realizado al desviar su ruta histórica e instaurando una peculiar dictadura sobre el proletariado. Un segundo reto contemporáneo, en tal sentido, tiene que ver con el balance sobre lo que pasó en los siempre mal llamados países “socialistas”, para no reeditarlos y materializar la objetiva concreción del verdadero socialismo democrático, autogestionario, autonomista y confederal.

 

Pero además, la distinción entre derecha e izquierda, sigue siendo útil, en la medida que tal diferenciación no alude, solamente, a ideologías o concepciones del mundo contrapuestas. Reducirlas a la mera expresión de un pensamiento ideológico determinado, sin más, implica una grosera simplificación dado que tal división supone, a la par, enarbolar programas reivindicativos contrapuestos alrededor de muchos problemas que debieran interesar a todos y cuya resolución remite a la acción política concreta que ninguna derecha puede ni desea resolver. De manera que la diferencia y oposición entre izquierda y derecha, en ningún sentido artificial, se expresa no sólo en las ideas, sino también en los intereses y las valoraciones y prácticas de una causa en oposición a la otra. Así, generalmente, la izquierda ha peleado invariablemente por cambios hacia adelante en la dirección del genuino progreso social en las coyunturas históricas en que ha tenido presencia, tratando de poner sus acentos en la conquista plena de las libertades, la nivelación igualitaria de los individuos y sus colectividades, la expansión de los derechos a favor de todos, así como la lucha contra toda forma de explotación económica y la reducción de todas las opresiones hasta su total y deliberada evaporación. Un tercer reto para una izquierda que no se resista a serlo, en tal sentido y por eso, implica la necesidad por refrendar todo el activo programático y la herencia científico-crítica que, por ejemplo desde la socialdemocracia actual en el mundo y sedicente “izquierdista”, ha quedado reblandecida al acotarse allanada a un mero keynesianismo contraproducente, cuando no francamente extraviada suponiendo como algo deseable al “Estado benefactor”, como parte del problema que es y no de solución alguna.

 

Al final, aunque no por ello menos importantemente, resalta el hecho de que la toral y esenciadísima distinción entre izquierda y derecha, también se manifiesta ante la conducta que ambas localizaciones adoptan al seno de la geometría política, ante la realidad del mundo en que intervienen políticamente hablando. Si la izquierda se sustenta, en general (cuando ésta es ética, honorable y consecuente, de manera crítica y autocrítica), en el cuestionamiento de lo existente, a fin de esclarecer los términos de las alternativas ante la realidad que se pretende transformar, postula que la vía para fraguar la verdadera emancipación, no es otra que el camino de la revolución, como el único bálsamo purificador capaz de hacer estallar en mil pedazos la irremediable injusticia capitalista que la derecha representa y que desea preservar. Este reto, por hacer la revolución algo posible y no sólo necesario, es acaso el más importante y también, el más urgente de todos en el México del siglo XXI.

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