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Gómez Mont, firme esperanza

Eduardo López Betancourt

elb@servidor.unam.mx

Indiscutiblemente, provocó gran dolor a Felipe Calderón el óbito violento e inesperado de su colaborador Juan Camilo Mouriño Terrazo, a quien el presidente no reparó en rendir homenaje en cuanta oportunidad tuvo, lo señaló como un extraordinario funcionario, alguien fuera de serie, aunque recordemos, muchos periodistas aseguraban que los días de Mouriño como titular de Gobernación estaban contados, inclusive se enlistó a sus probables sucesores. Lamentablemente, la muerte hizo acto de presencia de un modo dramático, originando gran conmoción social, pues nadie imaginaba que un avión donde viajaban autoridades de primera línea, cayera en plena zona urbana de la ciudad de México, con los conocidos y trágicos resultados.

Se insiste en informar que el desplome de la aeronave fue un accidente; sin embargo, la vox populi no da validez a tal deducción; mucho se especula sobre un atentado, lo cual es muy preocupante; posiblemente el sentir de la gente se deba a lo ocurrido la noche del 15 de septiembre en Morelia, amén de los ataques contra ductos petroleros en Querétaro, Veracruz y Guanajuato; una cosa es cierta y todos lo sabemos, si llega el terrorismo a nuestra nación, difícilmente podrá erradicarse.

Es evidente, Calderón se equivocó en la elección de muchos de sus colaboradores y ahora pagan las consecuencias sus gobernados, que ven con angustia cómo el crimen organizado ha tomado un poder real e invencible. Reitero, los colaboradores de Calderón dejan mucho que desear; verbigracia, el procurador general de la República, Eduardo Medina-Mora, cuya ineptitud e ignorancia estimulan una marcada y afrentosa corrupción en la institución que tan desatinadamente encabeza; otro ejemplo es el secretario de Seguridad Pública federal, Genaro García Luna, quien además de todo lo anterior, tiene a la mayoría de sus mandos encarcelados o bajo sospecha; por ende, el trabajo contra la delincuencia lo efectúa de manera obtusa el Ejército Mexicano quien, tengamos presente, también opera al margen de la Constitución, violentando de forma flagrante el artículo 129, en donde se indica:

“En tiempo de paz, ninguna autoridad militar puede ejercer más funciones que las que tengan exacta conexión con la disciplina militar. Solamente habrá comandancias militares fijas y permanentes en los castillos, fortalezas y almacenes que dependan inmediatamente del Gobierno de la Unión; o en los campamentos, cuarteles o depósitos que, fuera de las poblaciones, estableciere para la estación de las tropas.”

En condiciones sumamente delicadas, el jefe del Ejecutivo federal, designó como nuevo secretario de Gobernación al licenciado Fernando Francisco Gómez Mont Urueta, un abogado triunfador, quien durante algún tiempo realizó actividades políticas, pero que en los últimos años fue conocido por litigar asuntos complicados e incluso escandalosos; su despacho, en sociedad con destacados juristas, como Alberto Zinser y Julio Esponda, se distinguió particularmente por anteponer siempre el sentido ético al prestar sus servicios profesionales con ahínco y perseverancia en beneficio de sus defendidos. Fernando Gómez Mont es amplio conocedor del derecho, con juicio crítico y claro entendimiento de la ley, lo cual indudablemente le ha permitido el éxito que ostenta y recientemente la natural envidia de muchos.

Veamos, un litigante de la talla de Fernando Gómez Mont cuenta con un universo pleno de conocimientos y habilidades; sabe actuar en momentos de crisis; responde con eficacia ante lo inesperado; carece de horario laboral, formalidades y acartonamientos; resuelve con rapidez, no se amedrenta ante el peligro ni amenazas; es capaz de atender problemas complejos en las condiciones más impropias y difícilmente falla.

Por lo tanto, un litigante es ideal para el puesto de secretario de Gobernación, campo donde hay plena coincidencia con el del ámbito procesal.

Es necesario subrayar, el licenciado Gómez Mont jamás buscó ser secretario de Gobernación, no estaba en sus planes reintegrarse a la vida pública; empero, ahora afortunadamente lo ha hecho, situación que innegablemente será de gran utilidad para nuestra patria, dado que su perspectiva no será la de un burócrata, mucho menos la de un acomodaticio.

Gómez Mont servirá con lealtad al presidente Calderón, pero primordialmente a México. Sobra apuntar, en el gabinete de seguridad existe un total descontrol, observamos imprudencia, descuido e impericia; por ello, el talento y sentido crítico de Gómez Mont constituye una firme esperanza para recuperar la credibilidad en las instituciones, pero sobre todo, el sentido de servicio y responsabilidad que deben tener las mismas.

Gómez Mont se convierte así en la mejor y quizá única posibilidad que tiene Felipe Calderón de trascender y legitimarse. Fue un acierto nombrar secretario de Gobernación a un abogado próspero e instruido, asimismo marginar a insensatos y pueriles políticos, quienes con mente burocrática obran con negligencia, siempre ajenos a lo pragmático y profundo.

La Secretaría de Gobernación maneja los asuntos internos más complejos de nuestro país, ha sido históricamente el motor de la gobernabilidad, por desgracia la frivolidad y el cualquierismo la invadieron, circunstancia que finalmente puede acabar con la llegada de Fernando Gómez Mont, quien primeramente deberá darse a la tarea de reorganizar a fondo la importante dependencia, hoy a su cargo.

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