Cuba-USA-America Latina
xJorge Gómez Barata*
La interrogante del momento no es si Barack Obama modificará la política norteamericana hacía América Latina, sino a qué ritmo lo hará y cuales serán los perfiles. No hay opción: Estados Unidos cambia respecto a América Latina o América Latina cambia respecto a Estados Unidos.
En esa ecuación donde, desde una óptica pragmática, los pasos deberían ser previsibles, Cuba es el fiel de la balanza; no porque sea un país importante, peligroso o de un significado geopolítico singular, sino porque es como una pauta, una asignatura pendiente y un asunto que el tiempo, la ineptitud y la mala fe han convertido en lastre.
A lo largo de cincuenta años, para diez presidentes: Eisenhower, JFK, Jhonson, Nixon, Ford, Carter, Reagan, Bush, Clinton y Bush, seis del partido Republicano y cuatro del Demócrata que, con sus respectivas reelecciones llegan a 15 administraciones, la Isla fue una suma de oportunidades perdidas, convertida ahora en una especie de marcador. Aquello que la administración de Obama haga o eluda respecto a Cuba será un indicador no sólo de dirección sino de voluntad política.
En el mismo período histórico en que se empecinó en una política de hostilidad y sin resultados positivos hacía Cuba, Estados Unidos suprimió la segregación racial, libró la guerra en Vietnam y disfrutó de la paz en Indochina, se entendió con China, acordó con la Unión Soviética tratados para limitar los arsenales nucleares, vio surgir la perestroika y se aprovechó de ella para precipitar la desaparición del único adversario capaz de confrontarlo en el terreno militar, invadió dos veces a Irak y se enfrascó en la guerra contra el terrorismo. Resolver el diferendo con Cuba hubiera sido tan edificante como cualquiera otro problema internacional y tal vez más sencillo.
No ocurrió así por una conjunción de factores históricos y coyunturales. A diferencia de lo que muchos creen, el diferendo entre Cuba y Estados Unidos no se originó con la Revolución, sino que data del siglo XVIII y, por aludir a una confrontación entre la Nación cubana y el imperialismo norteamericano, desde el punto de vista de de Cuba, es de carácter nacional.
El añejo interés norteamericano por Cuba, es de naturaleza geopolítica y se relaciona con la expansión territorial de los Estados Unidos que llevó al país de los 13 estados originales con algo más de 2 millones de Km.² a los 50 actuales con más de 9 millones de Km.² De modo reiterado los patriotas cubanos del siglo XIX, especialmente José Martí, advirtieron de los peligros que para la independencia de Cuba representaban tales pretensiones.
Las peores aprensiones se justificaron cuando en 1898, luego de derrotar a España, Estados Unidos ocupó militarmente a Cuba y mediante la Enmienda Platt, un apéndice constitucional aprobado en el Congreso norteamericano e impuesto a los patriotas cubanos, convirtió a la Isla en un protectorado.
Cuando aquellos desmanes imperiales ocurrían, faltaban 28 años para que naciera Fidel Castro que, en 1934 cuando la humillante cláusula fue abolida, contaba con ocho años. Obviamente ni Fidel ni la Revolución, sino Estados Unidos son responsables por el origen de un conflicto que ha sesgado la historia de Cuba.
A menos de 150 Km. de los Estados Unidos, convertida en una factoría norteamericana, base de una poderosa industria azucarera capaz de abastecer el mercado norteamericano, incluso durante las épocas de gran demanda fueron las guerras mundiales, la Isla cuya posición estratégica se revaluó con la II Guerra Mundial y la Guerra Fría, se convirtió en una virtual propiedad norteamericana. Se cuenta que entonces y todavía muchos norteamericanos creen que Cuba era parte de Estados Unidos y perciben a Fidel Castro como a un separatista.
A la sombra de la dependencia política y de la masiva penetración del capital norteamericano se desarrolló una oligarquía criolla ligada a la producción azucarera, el tabaco y la ganadería, una burguesía nativa y una amplia clase media formada por individuos dedicados a profesiones liberales, que en conjunto, constituyeron las elites de poder de orientación esencialmente pronorteamericana.
No obstante, de entre aquellas élites surgieron sectores intelectuales, lideres obreros y figuras políticas que desde diferentes ópticas y grados de radicalismo, se sumaron a las vanguardias, participaron en las luchas por la independencia nacional, se orientaron al antiimperialismo, fomentaron corrientes nacionalistas y socialistas, participaron en las luchas políticas y se sumaron a las fuerzas que lideradas por Fidel Castro libraron la guerra revolucionaria que en 1959 condujo al fin de la tiranía de Batista y al inicio de una nueva etapa en la historia de Cuba.
La determinación con que la Revolución reivindicó la soberanía nacional, abordó el rescate de las riquezas nacionales y emprendió profundas transformaciones estructurales y medidas de beneficio popular, en primer lugar la reforma agraria y la nacionalización de algunas industrias y servicios públicos, enconó el añejo conflicto que provocó una agresiva reacción del imperialismo norteamericano.
En aquel momento el diferendo entre Cuba y Estados Unidos iniciado mucho tiempo antes y por razones que nada tienen que ver con la revolución, el socialismo ni la Guerra Fría, entró en una nueva etapa y asumió una nueva dimensión. De ello les contaré, para comprender mejor el alcance de la tarea planteada ante una administración que ha dicho estar comprometida con el cambio y a la que sólo le resta probarlo. ¡Casi nada!
Por tratarse de hechos ocurridos cuando llevaba pantalones cortos él y vestía a sus muñecas ella, es probable que tanto el presidente Obama como la Secretaria de Estado Hillary Clinton desconozcan detalles de los orígenes y la naturaleza del diferendo entre Cuba y los Estados Unidos que, en parte, les corresponde resolver.
Uno de los enigmas de la política hemisférica contemporánea es la desmesura con que Estados Unidos reaccionó ante el triunfo de la Revolución Cubana en 1959. Eisenhower, Nixon y los hermanos Dulles, Secretario de Estado uno y Jefe de la CIA el otro, colocaron tan alto el listón de la reacción que nadie más pudo saltarlo. Aunque dieron señales de asomarse a la búsqueda de alguna fórmula de avenencia, los tímidos esfuerzos de Kennedy y Carter quedaron en el intento.
En 1959, año del triunfo revolucionario, Cuba era una dependencia norteamericana cuyas estructuras políticas, mandos militares y cuerpos policíacos, Estados Unidos conocía y controlaba. Mediante su embajada, en La Habana, sus servicios de inteligencia, su misión militar y sus empresarios, la administración de Eisenhower-Nixon inaugurada en 1953, meses antes de que Fidel Castro iniciara la revolución, estuvo al tanto de la guerra en la Sierra Maestra desde el primero hasta el último día..
Con tan tales fuentes, Estados Unidos conocía el carácter autóctono de la Revolución cuyos lideres, excepto Fidel que había integrado la juventud del Partido Ortodoxo, carecían de militancia y de pasado político. La Revolución Cubana se realizó sin ningún vínculo con el exterior y sin ninguna relación con otras fuerzas, incluso sin compromisos doctrinarios, excepto ciertas referencias al pensamiento de José Martí.
Ante la embestida norteamericana, con la manifiesta intención de esclarecer la verdad y paralizar la violenta e injustificada ofensiva contra una revolución que no había rozado los intereses estadounidenses ni realizado la reforma agraria y que incluso había instalado en el poder un gobierno reformista del cual no era siquiera el presidente, en abril de 1959, exponiéndose a riesgos y desaires, Fidel Castro hizo las maletas y desembarcó en Washington.
Dado que no había sido invitado oficialmente, Fidel aprovechó que lo hizo la Sociedad de Editores de Periódicos, para viajar a Estados Unidos. Tratándose del Primer Ministro de un país con el que Estados Unidos mantenía relaciones diplomáticas, la administración no pudo ignorar completamente el protocolo; en el aeropuerto fue recibido por un sub secretario del Departamento de Estado.
Fidel permaneció 12 días en suelo norteamericano, visitó varias ciudades, estuvo en universidades, conversó con el Secretario de Estado en funciones, Christian Herter, compareció ante la televisión, habló en el Club de Prensa de Washington y en un mitin en el Parque Central de Nueva York, dialogó con decenas de personas de todos los ambientes y categorías sociales y fue recibido por Richard Nixon, entonces vicepresidente con quien conversó durante más de dos horas.
En todas partes y ante todos los interlocutores, Fidel reiteró los deseos de que el pueblo norteamericano y sus gobernantes comprendieran la justeza de la lucha revolucionaria en Cuba y la necesidad de avanzar en trasformaciones sociales y económicas, reivindicar la soberanía del país y recuperar los recursos nacionales para sostener los esfuerzos por introducir la justicia social.
No hubo entonces una sola palabra de hostilidad hacía los Estados Unidos, ninguna ofensa, ningún enfoque doctrinario. Nadie sabe de dónde pudo haber sacado Nixon lo que escribió en el memorándum en que dio cuenta de la entrevista y dijo: “Castro es increíblemente ingenuo con respecto al comunismo o está bajo su disciplina…por lo cual hay que obrar en consecuencia.”
Para muchos el hecho de que el presidente Eisenhower se excusara y confiara a Nixon, una criatura arrogante e intransigente que pocos años después sería el más tramposo de los presidentes norteamericanos y el único obligado a renunciar por sus prácticas sucias e ilegales, en interlocutor de Fidel Castro, entonces un joven revolucionario, lleno de ideales, de deseos de hacer avanzar a su país, fue una estrategia para obstaculizar cualquier entendimiento.
Lo cierto es que desde entonces, a lo largo de casi cincuenta años nunca más la parte norteamericana ha dado ningún paso ni ha mostrado interés en conversar con las autoridades cubanas, escuchar sus argumentos y reclamos y encontrar la agenda común que pudiera conducir a entendimientos mínimos, sino todo lo contrario.
Los hechos están a la vista, en la única oportunidad que tuvo, Fidel Castro realizó una gestión decisiva que la administración de turno hizo fracasar. Desde entonces y hasta hoy, técnicamente la pelota ha estado en cancha norteamericana.
El líder cubano dejó Washington con las manos vacías y con la convicción de que era preciso prepararse para resistir. Los hechos posteriores confirmaron los peores augurios.
Desde entonces y hasta hoy, la política norteamericana que ha estado subordinada a intereses mezquinos, no ha hecho más que endurecerse. Kennedy asumió una herencia maldita y una política basada en el bloqueo y la agresión. Luego les cuento.
Dicen que en idioma chino, crisis y esperanza se representan con los mismos caracteres. Aunque en otras lenguas no ocurra lo mismo, la gente espera que, en los momentos de mayor tensión, aparezcan fórmulas de avenencia, máxime cuando se trata de entuertos políticos para cuya solución no se necesitan recursos, dinero ni siquiera esfuerzos, sino comprensión, pragmatismo y valentía política.
Aunque los cincuenta años de hostilidad de los Estados Unidos hacía la Revolución Cubana pudieran ser considerados como un mismo suceso; en tan largo período hubo momentos de tensiones extremas, en los cuales, aunque en lontanza y con trazos imprecisos se dibujaban ciertas esperanzas. Cuba no despreció ninguna.
La invasión por Playa Girón o bahía de Cochinos fue derrotada de modo relampagueante por los bisoños soldados de la Revolución que hicieron prisioneros a más de las tres cuartas partes de la brigada mercenaria. En lugar de castigarlos, Cuba prefirió convertirlos en piezas de una singular negociación y propuso canjear a 1203 de ellos por alimentos y medicinas para niños, cosa a la que Estados Unidos accedió.
Comenzó así una original negociación, en la cual, la parte norteamericana enmascaró su participación en un llamado Comité de Familiares y en la Cruz Roja. Alguien podía pensar que, como usualmente ocurre en los conflictos armados, el buen trato a los prisioneros y su devolución, crearía un clima propicio para negociar otros aspectos sustantivos del conflicto. No ocurrió así.
A pesar de reconocer su responsabilidad en la fallida operación de bahía de Cochinos, en lugar de rectificar, el presidente Kennedy persistió en la política heredada de Eisenhower, dejó pasar una coyuntura propicia, desaprovechó el canal negociador abierto por Cuba y no tuvo la determinación necesaria para dar profundidad al intercambio iniciado, aprovechar la buena fe cubana, dar un chance a la paz y avanzar en la búsqueda de una solución.
Poco después, en octubre de 1962, durante la Crisis de los Misiles, el gobierno cubano propuso un plan de cinco puntos que promovía una negociación de fondo y pudo haber conducido a sustanciales avances en la solución del diferendo con Estados Unidos. En la propuesta cubana, la retirada de las armas estratégicas pasaba, por el cese de las agresiones, el levantamiento del bloqueo y la retirada de la base naval de Guantánamo. Estados Unidos ignoró tales sugerencias, soslayó a Cuba y negoció con la parte soviética la retirada de los misiles. Otra vez no quedó por Cuba.
Como suele ocurrir cuando los procesos políticos, especialmente las crisis, son maltratados, las negociaciones soviético-norteamericanas en torno a los misiles instalados en Cuba, no condujeron a un relajamiento de las tensiones de la Guerra Fría sino las incrementaron. Cuba cuyos justos reclamos fueron desoídos, bajo las administraciones de Johnson y Nixon conoció un incremento sin precedentes de la agresiva política de los Estados Unidos.
La próxima oportunidad apareció bajo la administración de James Carter cuando, luego de difíciles tratativas, en mayo de 1977 se anunció que los gobiernos de Cuba y los Estados Unidos habían alcanzado un acuerdo para el establecimiento de secciones de intereses en La Habana y Washington. Para los optimistas, la existencia de tales representaciones constituía un importante logro político y diplomático que instalaba un canal permanente para el dialogo y la concertación. Tales augurios no se confirmaron.
En 1984, tras intensas negociaciones y en el ambiente poco propicio creado por la agresiva política anticubana de la administración Reagan, se firmó un acuerdo migratorio entre Cuba y los Estados Unidos en cuyas negociaciones la parte norteamericana no dejó espacio para el tratamiento de otros aspectos del diferendo. Igualmente ocurrió en esa misma década durante las conversaciones para la paz en Angola. Nunca antes, en ninguna época Cuba y Estados Unidos habían negociado un asunto de tal complejidad para lo cual fueron necesarios numerosos encuentros, así como dilatadas y profundas negociaciones por medio de las cuales se encobraron soluciones para poner fin a la guerra en Angola, asegurar el acceso de Namibia a la independencia y herir de muerte a uno de los oprobios de nuestro tiempo: el apartheid.
Obviamente que en aquel proceso, culminado en diciembre de 1988 cuando en Nueva York fueron suscritos los acuerdos, hubo decenas de encuentros entre ejecutivos de ambos países. De haber existido voluntad por la parte norteamericana, aquellos contactos pudieron ser aprovechados para explorar y aproximar las posiciones de ambos países en áreas sustantivas del diferendo común: No ocurrió y fue otra oportunidad perdida.
Sin otra alternativa, Estados Unidos cedió para la solución de un conflicto a miles de millas de sus fronteras pero no avanzó ni un milímetro en el que le afecta a 150 kilómetros de la Florida.
*Jorge Gómez Barata - Periodista y profesor… Graduado del Instituto Pedagógico y colaborador de medios ‘Cuba-Nos y Extranjeros’. En su columna, el autor incluye —además de artículos exclusivos para ‘CubAhora’— materiales suyos publicados por el diario mexicano !Por Esto!, las emisoras Radio Habana Cuba y Radio Taíno, y otros difundidos por la Agencia ecuatoriana ‘ALTERCOM’ y Director Regional de la Agencia de Contrainformación ArgosIs-Internacional en la República de Cuba…
Posted: Enero 8th, 2009 under Opinión.
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